El ultimátum del Imperio Austro-Hungaro al reino de Serbia en 1914

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR

Con este texto del 23 de julio 1914, el Imperio Austro-Hungaro acusaba veladamente a Serbio del asesinato del heredero al trono, el archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 23 de junio. Los términos eran prácticamente inaceptables, por lo que podemos ver como en realidad era una formalidad para empezar una guerra de castigo contra un país, Serbia, que había alentado el nacionalismo en las regiones del imperio.


Serbia antes de la I Guerra Mundial.
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“La historia de estos últimos años, y especialmente los acontecimientos dolorosos del 28 de junio, han demostrado la existencia en Serbia de un movimiento subversivo cuyo fin es separar de la Monarquía austro-húngara algunas partes de sus territorios.

Este movimiento, que ha ido creciendo ante los ojos del gobierno serbio, ha llegado a manifestarse más allá del territorio del reino con actos de terrorismo, con una serie de atentados y muertes.
Lejos de llevar a cabo las acciones necesarias incluidas en la declaración del 31 de marzo de 1909, el gobierno real serbio nada ha hecho para suprimir este movimiento.

Ha tolerado la actividad criminal de las diferentes sociedades y asociaciones dirigidas contra la Monarquía, el lenguaje desenfrenado de la prensa, la glorificación de los autores de los atentados, la participación de oficiales y de funcionarios en los actos subversivos.

Ha permitido una campaña de propaganda deshonesta dirigida a la opinión pública; en resumen, ha permitido todas las manifestaciones de esta naturaleza para incitar a la población serbia al odio a la monarquía y desprecio a sus instituciones.

Esta tolerancia culpable del Gobierno Real Serbio, no ha cesado ni ahora después de que los eventos del 28 de junio probaran sus consecuencias fatales al resto del mundo.”

Para impedir que estas maquinaciones perversas continúen siendo una amenaza a la tranquilidad de la monarquía, el Gobierno Imperial se ve obligado a pedir al Gobierno Real Serbio, una garantía de que condenará esta peligrosa propaganda en contra de la monarquía, en otras palabras, toda la serie de tendencias cuyo último objetivo es separar territorios que pertenecen a la monarquía y que se encargarán de suprimir por todos los medios esta propaganda criminal y terrorista.

Para darle un carácter formal a esta misión, el Gobierno Real Serbio publicará en la primera página de su Boletín Oficial del 13 al 26 de julio, la siguiente declaración:
“El gobierno imperial y real se ve obligado a pedir al gobierno serbio la formulación oficial de que condena la propaganda dirigida contra la Monarquía austro-húngara, es decir, al conjunto de las tendencias que aspiran como último fin a separar de la Monarquía algunos de sus territorios y que deploran sinceramente las fatales consecuencias de estos procedimientos.

El Gobierno Real, que desaprueba y repudia cualquier idea de interferir o intento de interferir en el destino de los habitantes de cualquier parte de Austria-Hungría, considera que es su deber advertir formalmente a oficiales y funcionarios, y a toda la población del reino, que a partir de ahora procederá con el máximo rigor contra cualquier persona que pueda ser culpable de dichas maquinaciones, y que hará todo su esfuerzo para anticiparlas y suprimirlas.”

Esta declaración deberá ser comunicada al ejército como Orden del Día por su Majestad el Rey y será publicada en el Boletín Oficial del Ejército.

El gobierno real serbio debe comprometerse además:
1) a suprimir toda publicación que excite al odio y al desprecio de la Monarquía y a la tendencia general dirigida en contra de su integridad territorial.
2) a disolver inmediatamente la sociedad llamada «Narodna Odbrana» (Mano Negra) y a confiscar todos sus medios de propaganda y a proceder de igual manera contra cualquier otra sociedad que se involucre en propaganda en contra de la monarquía austro-húngara.
3) a eliminar sin demora de la instrucción pública en Serbia […] todo lo que sirva o pueda servir a fomentar la propaganda contra Austria-Hungría;
4) a separar del servicio militar y de la administración a todos los oficiales y funcionarios culpables de la propaganda contra la Monarquía austro-húngara, de los cuales el gobierno imperial y real se reserva el comunicar los nombres y los hechos al gobierno real;
5) a aceptar la colaboración en Serbia de los órganos del gobierno imperial y real en la supresión del movimiento subversivo dirigido contra la integridad territorial de la Monarquía;
6) a abrir una encuesta judicial contra los participantes en el complot del 28 de junio que se encuentran en territorio serbio. Los órganos delegados por el gobierno imperial y real tomarán parte en las investigaciones correspondientes;
7) a proceder con urgencia al arresto del comandante Voislav Tankositch y de Milan Ciganovitch, empleados del Estado serbio, comprometidos, según los resultados de la instrucción, en Sarajevo;
8) a impedir el concurso de las autoridades serbias en el tráfico ilegal de armas y de explosivos a través de la frontera;
9) a dar al gobierno imperial y real explicaciones sobre los propósitos injustificables de los altos funcionarios serbios que no han dudado después del atentado del 28 de junio, en expresarse de una manera hostil hacia la Monarquía austro-húngara y, finalmente,
10) a informar, sin demora, al gobierno imperial y real de la ejecución de las medidas comprendidas en los puntos anteriores.
El gobierno imperial y real espera la respuesta del gobierno real lo más tarde hasta el sábado, 25 de este mes, a las cinco horas de la tarde. 
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Decreto de Franco suprimiendo el Estatuto de Cataluña

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR

Por el siguiente de decreto, Francisco Franco, que ya se había aupado a la jefatura del bando sublevado durante la Guerra Civil Española, abole el estatuto de autonomía que la II República había reconocido a Cataluña. Al estar todavía Cataluña fuera del territorio controlado por Franco, el decreto solo tenía en ese momento un valor simbólico, pero que se haría efectivo conforme la guerra finalizara.
Portada del Diario de Burgos del 9 de abril de 1938, comentando la derogación del estatuto de Cataluña.
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El Alzamiento Nacional significó en el orden político la ruptura con todas las instituciones que implicase negación de los valores que se intentaba restaurar. Y es claro que, cualquiera que sea concepción de la vida local que inspire normas futuras, el Estatuto Cataluña, en mala hora concedido por la República, dejó de tener validez, en el orden jurídico español, desde el día diecisiete de julio de mil novecientos treinta y seis. No sería preciso, pues, hacer ninguna declaración en este sentido. Pero la entrada de nuestras gloriosas armas en territorio catalán plantea el problema, estrictamente administrativo, de deducir consecuencias prácticas de aquella abrogación.
 Importa, por consiguiente, restablecer un régimen de derecho público que, de acuerdo con el principio de unidad de la Patria, devuelva aquellas provincias el honor de ser gobernadas en pie de igualdad con sus hermanas del resto de España.
En consecuencia, a propuesta del Ministro del Interior y previa deliberación del Consejo
de Ministros
Dispongo:
Artículo 1. La Administración del Estado, la provincial y la municipal en las provincias de Lérida, Tarragona, Barcelona y Gerona se regirán por las normas generales aplicables a las demás provincias.
Artículo 2. Sin prejuicio de la liquidación del régimen establecido por el Estatuto de Cataluña, se consideran revertidos al Estado la competencia de legislación y ejecución que le corresponde en los territorios de derecho común y los servicios que fueron cedidos a la región catalana en virtud de la Ley de quince de septiembre de mil novecientos treinta dos.
Burgos, 5 de abril de 1938. FRANCISCO FRANCO
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Renuncia a la corona por Alfonso XIII (Texto completo)

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR (Texto completo)

Se suele conocer este texto como la abdicación de Alfonso XIII o la renuncia a la corona de Alfonso XIII rey de España. Lo cierto es que si se analiza el texto se puede comprobar que en ningún momento Alfonso de Borbón renuncia a la corona ni abdica, sino que expresa que deja de ejercer como rey de España pero sin renunciar a sus derechos dinásticos, abriendo así la puerta a una posible vuelta suya o de un descendiente. De cualquier manera, es un texto fundamental para conocer la historia de la II República española.


Portada del diario ABC del 17 de abril de 1931 con la renuncia de Alfonso XIII.


(Texto completo)

Las elecciones celebradas el domingo, me revelan claramente que no tengo el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas. Un Rey puede equivocarse y sin duda erré yo alguna vez, pero sé bien que nuestra patria se mostró siempre generosa ante las culpas sin malicia. Soy el Rey de todos los españoles y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas en eficaz forcejeo contra los que las combaten; pero resueltamente quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil.

No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósitos acumulados por la Historia de cuya custodia me han de pedir un día cuenta rigurosa. Espero conocer la auténtica expresión de la conciencia colectiva. Mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real reconociéndola como única señora de sus destinos.

También quiero cumplir ahora el deber que me dicta el amor de la Patria. Pido a Dios que también como yo lo sientan y lo cumplan todos los españoles.-

14 de abril de 1931
Alfonso, Rey.
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Texto histórico: Manifiesto de Sandhurst completo

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR

El Manifiesto de Sandhurst, llamado así por estar fechado en dicha localidad inglesa dónde Alfonso de Borbón estudiaba en una academia militar (la Royal Military Academy Sandhurst o RMAS), es una texto fundamental para comprender el inicio de la época llamada "La Restauración" en España. El texto como tal fue elaborado por Cánovas del Castillo, que desde el comienzo se convirtió en el hombre clave de la época que venía.
Con el pretexto de responder a las felicitaciones por su decimoséptimo cumpleaños, Alfonso de Borbón se postula como rey y a través de las palabras de Cánovas, abraza las ideas de este: Monarquía y cortes compartirán soberanía, habrá constitución y liberalismo y se respetará el catolicismo.
El manifiesto lo publicó la prensa española el 27 de diciembre de 1874 y dos días más tarde, el general Martínez Campos se levantó en armas en Sagunto (Valencia) para proclamar rey a Alfonso como Alfonso XII. 


Alfonso XII
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Manifiesto de Sandhurst.


He recibido de España un gran número de felicitaciones con motivo de mi cumpleaños, y algunas de compatriotas nuestros residentes en Francia. Deseo que con todos sea usted intérprete de mi gratitud y mis opiniones.

Cuantos me han escrito muestran igual convicción de que sólo el restablecimiento de la monarquía constitucional puede poner término a la opresión, a la incertidumbre y a las crueles perturbaciones que experimenta España. Díceme que así lo reconoce ya la mayoría de nuestros compatriotas, y que antes de mucho estarán conmigo los de buena fe, sean cuales fueren sus antecedentes políticos, comprendiendo que no pueda tener exclusiones ni de un monarca nuevo y desapasionado ni de un régimen que precisamente hoy se impone porque representa la unión y la paz.

No sé yo cuándo o cómo, ni siquiera si se ha de realizar esa esperanza. Sólo puedo decir que nada omitiré para hacerme digno del difícil encargo de restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la concordia, el orden legal y la libertad política, si Dios en sus altos designios me la confía.

Por virtud de la espontánea y solemne abdicación de mi augusta madre, tan generosa como infortunada, soy único representante yo del derecho monárquico en España. Arranca este de una legislación secular, confirmada por todos los precedentes históricos, y está indudablemente unida a todas las instituciones representativas, que nunca dejaron de funcionar legalmente durante los treinta y cinco años transcurridos desde que comenzó el reinado de mi madre hasta que, niño aún, pisé yo con todos los míos el suelo extranjero.

Huérfana la nación ahora de todo derecho público e indefinidamente privada de sus libertades, natural es que vuelva los ojos a su acostumbrado derecho constitucional y a aquellas libres instituciones que ni en 1812 le impidieron defender su independencia ni acabar en 1840 otra empeñada guerra civil. Debióles, además, muchos años de progreso constante, de prosperidad, de crédito y aun de alguna gloria; años que no es fácil borrar del recuerdo cuando tantos son todavía los que los han conocido.

Por todo esto, sin duda, lo único que inspira ya confianza en España es una monarquía hereditaria y representativa, mirándola como irremplazable garantía de sus derechos e intereses desde las clases obreras hasta las más elevadas.

En el intretanto, no sólo está hoy por tierra todo lo que en 1868 existía, sino cuanto se ha pretendido desde entonces crear. Si de hecho se halla abolida la Constitución de 1845, hállase también abolida la que en 1869 se formó sobre la base inexistente de la monarquía.

Si una Junta de senadores y diputados, sin ninguna forma legal constituida, decretó la república, bien pronto fueron disueltas las únicas Cortes convocadas con el deliberado intento de plantear aquel régimen por las bayonetas de la guarnición de Madrid. Todas las cuestiones políticas están así pendientes, y aun reservadas, por parte de los actuales gobernantes, a la libre decisión del porvenir.

Afortunadamente la monarquía hereditaria y constitucional posee en sus principios la necesaria flexibilidad y cuantas condiciones de acierto hacen falta para que todos los problemas que traiga su restablecimiento consigo sean resueltos de conformidad con los votos y la convivencia de la nación.

No hay que esperar que decida ya nada de plano y arbitrariamente, sin Cortes no resolvieron los negocios arduos de los príncipes españoles allá en los antiguos tiempos de la monarquía, y esta justísima regla de conducta no he de olvidarla yo en mi condición presente, y cuando todos los españoles estén ya habituados a los procedimientos parlamentarios. Llegado el caso, fácil será que se entiendan y concierten las cuestiones por resolver un príncipe leal y un pueblo libre.

Nada deseo tanto como que nuestra patria lo sea de verdad. A ello ha de contribuir poderosamente la dura lección de estos últimos tiempos que, si para nadie puede ser perdida, todavía lo será menos para las hornadas y laboriosas clases populares, víctimas de sofismas pérfidos o de absurdas ilusiones.

Cuanto se está viviendo enseña que las naciones más grandes y prósperas, y donde el orden, la libertad y la justicia se admiran mejor, son aquellas que respetan más su propia historia. No impiden esto, en verdad, que atentamente observen y sigan con seguros pasos la marcha progresiva de la civilización. Quiera, pues, la Providencia divina que algún día se inspire el pueblo español en tales ejemplos.

Por mi parte, debo al infortunio estar en contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna, y si en ella no alcanza España una posición digna de su historia, y de consuno independiente y simpática, culpa mía no será ni ahora ni nunca. Sea la que quiera mi propia suerte ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal.

Suyo, afmo., Alfonso de Borbón.

Nork-Town (Sandhurst), 1 de diciembre de 1874


Academia de Sandhurst.


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Manifiesto del general José Sanjurjo. La Sanjurjada de 1932. Texto completo.

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR

La "Sanjurjada"
José Sanjurjo
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Manifiesto del general José Sanjurjo Sacanell. 1932

(La redacción del texto se atribuye al periodista Juan Pujol, director de Informaciones y agente del millonario mallorquín Juan March.)

Españoles: Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia y nos mueve a procurarla. No hay atentando que no se haya cometido, abuso que no se haya perpetrado ni inmoralidad que no haya descendido a todos los órdenes de la Administración pública, para provecho o para el despilfarro escandaloso. La fuerza ha sustituido al derecho, la arbitrariedad a la ley, la licencia a la disciplina. La violencia se ha erigido en autoridad y la obediencia se ha rebajado a la sumisión. La incapacidad se impone donde la competencia se exhibía El despotismo hace veces de valor y de honor de la desvergüenza. 
No nos impresiona la emoción dimanante del dramatismo de un levantamiento para el triunfo del pueblo. Las angustias del país nos emocionan profundamente. La revolución será siempre un crimen o una locura dondequiera que prevalezca la tiranía, medios justificativos que copiamos de la revolución que se hizo en abril de 1931.
Se han destrozado los organismos de defensa e insultado groseramente a los cuerpos armados; ha aumentado su criminalidad de modo alarmante. El paro forzoso, extendido en proporciones aterradoras, tiene en la miseria a muchos miles de obreros. No se ha tenido en varios meses ni un día de sosiego y tranquilidad, con el sobresalto constante del incendio, huelgas revolucionarias, robos, atracos y amenazas. Las leyes de excepción nos privan más que nunca de los derechos ciudadanos, y por si estos y otros males fueran pocos, se han alentado imprudentemente los sentimientos de varias regiones y envenedo aspiraciones que podían ser legítimas en su origen, poniendo en peligro inminente la integridad de España.
Por amor a España y por imperativos de nuestra conciencia y nuestro deber, que nos obliga a salvarla de la ruina, de la iniquidad y de la desmembración, aceptamos desde este momento la responsabilidad de la gobernación del país y asumimos todas las funciones del Poder Público con el carácter de Junta provisional.
No venimos, sin embargo, a imponer un régimen político contra la República, sino a libertar a España de la alarma, que sólo en un año ha ocasionado daños tan gravísimos en lo material y lo moral. La forma en los Poderes del Estado han de organizarse se determinará por la representación legítima de todos los ciudadanos designados en elecciones que se celebrarán en un régimen de libertad, sin amenazas ni coacciones que impidan manifestarse libremente la voluntad individual de los electores.
Los poderes que esta Junta provisional asumen durarán el tiempo indispensable para restablecer la disciplina, postulado esencial previo para la legitimidad de cualquier Parlamento que la nación elija, pero durante ese periodo de restauración de la paz pública será inexorable en la persecución de cuantos aspiren a reproducir los métodos de terrorismo a que acabamos de poner término, y sobre todo cuantos estén al servicio de organizaciones extranjeras, cuyo fin esencial es de introducir y fomentar la discordia interna en las naciones, organizaciones que por lo que aquí respecta quedan desde este momento fuera de la ley.

Solo a estos fines responderán los decretos de la Junta provisional, y para ello requiera la colaboración de todos los ciudadanos. La cordialidad con que pide y espera su concurso le autoriza, si se produjera cualquier intento perturbador, para reprimirlo de modo severo.

¡Viva España y viva la soberanía nacional!

Esta edición como tal está extraída del libro de Sigfredo Hillers de Luque
España: Régimen jurídico-político de Franco (1936-1975) versus Régimen político actual de Juan Carlos I/Felipe VI (partitocracia coronada). Editorial Aranzadi. 2015. 

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Acto de fundación de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas)

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR

Artículo de el diario El Debate, de 5 de marzo de 1933 

Acto de constitución de la Confederación Española de Derecha Autónomas (CEDA). 

Emblema de la CEDA
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“Anoche se constituyó, entre vítores de entusiasmo, la Confederación Española de Derechas Autónomas. Las mujeres y los jóvenes, puestos en pie sobre las sillas, como si éstas fueran un peldaño que llevara a los altos ideales comunes, certificaron la unidad de pensar, de querer y de obrar de las 750.000 personas representadas directamente en ese acto solemne.

Cerraron la asamblea dos intervenciones: la de un obrero valenciano, vestido con la negra blusa de su región, el Sr. Martín, y otra del Sr. Gil Robles.

-Me dirijo a todas las derechas, a todos los ciudadanos de buena voluntad -decía el primero- para decirles que somos responsables ante España y ante Cristo de la salvación de aquélla. Hablo en nombre de los hombres de mi clase, de los obreros españoles, que en su noventa por ciento son honrados, para deciros que tenemos interés en que quienes creen en Cristo y en el Papa cumplan lo que Cristo y el Papa ordenan. Muchos de vosotros sois aristócratas y ricos, y por eso mismo tengo un gusto especial en hablaros. Si los católicos, por haber dejado de serlo, hemos sido los causantes de lo ocurrido en España, pensemos que es esta la hora de rectificar el camino, pues para hacer el bien todos los instantes son el instante supremo. Los obreros tenemos derecho a esperar mucho de esta asamblea.

Poco después, Gil Robles, en las palabras finales, decía:

-Debemos felicitarnos de los trabajos, de la misma diversidad de tendencias manifestadas, porque sólo han revelado la pugna de llevar a las conclusiones la interpretación más fiel y avanzada de la doctrina social y política cristiana. Dios ha bendecido nuestros trabajos porque los ha presidido la humildad del corazón y la pureza de los fines. Me limito, pues, a darle las gracias y a declarar solemnemente que ha quedado constituida la C.E.D.A., que ha de ser el núcleo derechista que salve a la Patria, hoy en peligro.

Se leyó y subrayó con vítores a Navarra el saludo y adhesión telegráficos remitidos por la «Liga de Mujeres Tudelanas», y una carta emocionada sobre el programa social de Acción Popular y las conclusiones a que ustedes han llegado.

Viejo ya, doy por bien empleados los golpes sufridos al defender eso mismo, y es para mí un gran consuelo ver que aquellas viejas sugestiones que presentábamos con timidez, como un requerimiento leal de la fraternidad cristiana y como una lucecilla de ideal, esos jóvenes y esas masas de Acción Popular las están convirtiendo en antorchas con las que espero han de prender incendios espirituales de redención próxima de España.

Nuestro ideal ya no muere. A él dediqué lo mejor de mi vida, y al ver asegurada su perpetuidad, no me importa ya morir.»

El señor Fernández Ladreda pidió que se hiciera constar como dos conclusiones finales del Congreso la derogación de las leyes de excepción y la petición de garantías ante la próxima lucha electoral.

Cuando la asamblea se disponía a levantarse, el señor Gil Robles propuso, y los reunidos asintieron unánimes, dirigir un telegrama de protesta en nombre de los 800.000 afiliados de la C.E.D.A., al Ayuntamiento de Bilbao, por el acuerdo de derribar el monumento al Sagrado Corazón de Jesús.

Las coincidencias que deben unir a las derechas

Así terminó sus trabajos sobre política, municipalismo, cuestiones sociales, agrarias, política internacional y, en suma, cuantos grandes problemas generales tiene planteados una agrupación de partidos modernos, el Congreso e la C.E.D.A., que comenzó bajo el signo de la Cruz cinco días antes.

Al discutirse, por la tarde, después de terminar todas las secciones sus respectivos trabajos, el Estatuto de la C.E.D.A., se admitieron como coincidencias fundamentales de los partidos que la integran -aparte de las conclusiones aprobadas en detalle- las siguientes, debidas a la iniciativa de la Derecha Regional Valenciana:

a) Afirmación y defensa de los principios fundamentales de la civilización cristiana.

b) Necesidad de una revisión constitucional de acuerdo con dichos principios.

c) Aceptación, como táctica para toda su actuación política, de las normas dadas por el Episcopado a los católicos españoles en su declaración colectiva de diciembre de 1931.

El peso de los debates recayó ayer sobre Medina Togores, defensor de la ponencia sobre los Estatutos de la C.E.D.A. y autor de la relativa a organización interna del partido de Acción Popular.”

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Discurso del presidente González en la ceremonia de adhesión de España a la CEE (Actual UE).

TEXTO HISTÓRICO PARA COMENTAR

Discurso de Felipe González Márquez,  Presidente del Gobierno de España en la Ceremonia de la Firma del Tratado de Adhesión a la CEE. Completo
Madrid, Salón del trono del Palacio Real, 1985.



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Discurso del Presidente del Gobierno en la Ceremonia de la Firma del Tratado de Adhesión a la CEE
1985
Discurso del Presidente del Gobierno en la Ceremonia de la Firma del Tratado de Adhesión a la CEE
Damos hoy un paso de importancia histórica para España y para Europa. Al estampar nuestras firmas en el Tratado de Adhesión a las Comunidades Europeas, hemos puesto un jalón fundamental para completar la unidad de nuestro viejo continente y también para superar el aislamiento secular de España.

Estamos contribuyendo a hacer realidad los propósitos expresados en el preámbulo del Tratado de Roma, en el cual los fundadores de la comunidad se declararon resueltos a consolidar la defensa de la paz y de la libertad, y para ello invitaron a los demás pueblos de Europa a participar de dicho ideal asociándose a ese esfuerzo.

Esa invitación ha sido aceptada por los españoles. Pronto se han de cumplir ocho años desde que el gobierno democrático surgido de las elecciones del 15 de junio de 1977 solicitara oficialmente la apertura de las negociaciones con la comunidad europea con vistas a la integración de España como miembro de pleno derecho. En la carta que dirigió el entonces Presidente del Gobierno, don Adolfo Suárez, se dejaba constancia de nuestra identificación con los ideales que inspiraron los tratados constitutivos de las comunidades europeas, y además se expresaba la esperanza de que las negociaciones concluyeran con un resultado satisfactorio para la comunidad y para España.

La esperanza no ha sido defraudada y el resultado ha sido conseguido. Me corresponde a mí agradecer ahora, en nombre del pueblo español, los esfuerzos que habéis realizado para lograr soluciones equilibradas en los temas conflictivos que surgieron a lo largo de la negociación. Y agradecerlo especialmente al presidente del consejo, al señor ministro Andreotti, al señor Delors, al señor Natali, a todos los que en el último tramo han hecho un especial esfuerzo y han dedicado su gran habilidad como negociadores para poder culminar los trabajos. Sabéis muy bien que en estos esfuerzos siempre os acompañó la delegación española.

Hoy podemos decir con satisfacción que los representantes del pueblo español que surgieron de las primeras elecciones democráticas tenían razón al prestar el apoyo unánime a la candidatura de España al ingreso en la Comunidad Europea, dando así una mayor fuerza y un mayor respaldo al gobierno que iniciaba el proceso de negociación. Queríamos dejar constancia todos, desde el primer momento, de que el objetivo de nuestro ingreso en la Europa comunitaria era una cuestión de estado por que reflejaba el deseo abrumadoramente mayoritario de los ciudadanos españoles; para ellos la integración de España en Europa se ha identificado con la participación en los ideales de libertad, de progreso y de democracia.

Con anterioridad, otros españoles, a los que quiero hacer presentes hoy en nuestra memoria, aportaron su esfuerzo y su clarividencia en momentos decisivos para la construcción europea, y asistieron, asumiendo incluso riesgos personales, a los congresos de La Haya en 1948 y de Múnich en 1962. También deseo recordar a aquellos que, con entrega ejemplar, desde el acuerdo de 1970 hasta hoy, han participado en la negociación que hoy culmina con la reincorporación de España al entorno natural al que pertenece.

Es, señoras y señores, toda una nación la que recupera el pleno sentido de su historia, una nación que conjuga el legado del pasado y su evidencia de “ser” Europa con la realidad presente de “estar” en las instituciones europeas, primero en el consejo de Europa y ahora en la comunidad.

Y al llegar a este punto quisiera enviar, en nombre del pueblo español, un saludo entrañable y cordial al pueblo de Portugal, representado aquí por el primer ministro de su gobierno, el señor Mario Soares, y por su delegación; a la nación vecina y hermana que, junto con España y casi al mismo tiempo, inició hace cinco siglos la epopeya del descubrimiento de otros continentes hacia los que proyectamos nuestra cultura, cultura   europea, y civilización, civilización europea. Desde la península ibérica, Portugal y España alumbraron nuevos mundos al viejo mundo, ensancharon sus fronteras, no solo desde el punto de vista geográfico, sino también desde el punto de vista espiritual, al impulsar decisivamente la evolución del pensamiento, de la ciencia y de las técnicas de la era del renacimiento.

También ahora, en el mismo momento, los dos países iniciamos una nueva etapa cargada de retos y de promesas; una empresa que completa a Europa, que refuerza los lazos que unen a nuestros dos pueblos y que permitirá, dentro de las instituciones comunitarias, que acentuemos la proyección de Europa hacia los países de Iberoamérica y África que pertenecen a nuestro mismo ámbito cultural.

Nosotros entendemos que la unidad europea no puede hacerse solo hacia dentro, sino también debe hacerse hacia fuera de Europa. El ser histórico de Europa consiste, precisamente, en volcarse hacia el mundo. Todo intento de construir una Europa cerrada en si misma estaría condenado al fracaso, y, además, no serviría a los auténticos intereses europeos.

España comprende bien la universalidad de Europa porque a su identidad europea une una dimensión iberoamericana y una dimensión mediterránea.

Nuestra proyección iberoamericana es historia y cultura compartidas y nos impulsa siempre a mantener estrechas y fraternales relaciones con los pueblos y los países de esta área. Por eso, en este momento solemne deseo reafirmar esta dimensión como un acervo que forma parte de nuestra realidad y como una responsabilidad en la búsqueda de una relación más rica y más intensa entre Europa e Iberoamérica.

Compartimos con otras naciones europeas la dimensión mediterránea. Con la ampliación, la comunidad estará todavía mas próxima a los países de la ribera sur del Mediterráneo. Esto nos va a obligar a redoblar esfuerzos, para que la comunidad contribuya eficazmente a los procesos de paz, de estabilidad y de desarrollo, tanto en el norte de áfrica como en el próximo oriente.

El ingreso de España en la Comunidad Europea es un proyecto ambicioso, sin duda, de largo alcance, que desborda sobradamente el ámbito estricto de las cláusulas del tratado que acabamos de suscribir.

Para España, este hecho significa la culminación de un proceso de superación de nuestro aislamiento secular y la participación en un destino común con el resto de los países de Europa occidental.

Es cierto que, para nuestra realidad económica y social, supone un desafío de modernidad, exige un cambio de mentalidad y un cambio de estructuras. Será un esfuerzo de adaptación aun mayor que el que han hecho en su día los países fundadores de la Europa comunitaria, porque nos sumamos con retraso a un proceso ya en marcha.

Tengo confianza, sin embargo, en que ese desafío va a ser respondido claramente por nuestra sociedad (trabajadores y empresarios; profesionales, técnicos e investigadores; hombres y mujeres de todos los pueblos de España). Con el esfuerzo de todos y con la ilusión de un pueblo dinámico y joven, podremos afrontar el reto de la modernización económica, social, tecnológica, que nos permitirá cruzar con confianza y con paso firme el umbral de la próxima centuria.

Para Europa en su conjunto, la ampliación de la comunidad con el ingreso de España y Portugal no puede verse como una mera operación aritmética, sino como la oportunidad excepcional para dar un salto cualitativo en la construcción política de Europa.

Sabemos que algunos, dentro de la Europa comunitaria, contemplan la nueva ampliación con temor, porque piensan que podrían alterarse definitivamente los delicados equilibrios que se pusieron de pie por los tratados fundacionales, y que ya fueron afectados por el transcurso del tiempo y las ampliaciones sucesivas.

Pues bien, ello debe ser motivo precisamente para plantearse la ampliación como un elemento catalizador que provoque una reflexión profunda sobre el futuro de España y una respuesta sobre la mejor manera de afrontar conjuntamente los desafíos del fin del siglo.

La Europa comunitaria ha demostrado sobradamente su capacidad de adaptación a las nuevas situaciones y a las nuevas exigencias. La ampliación es precisamente la mejor muestra de esa vitalidad y debe abrir las puertas a un periodo de renovación.

En lo que a España concierne, quiero dejar desde el principio una cosa clara: no seremos ni carga para la comunidad, ni obstáculo que entorpezca su marcha hacia formas superiores de integración política y económica. Bien al contrario, dentro de la defensa de nuestros intereses esenciales, colaboraremos en toda la medida de nuestras fuerzas para el progreso de la unidad europea.

Desde el primer momento, el gobierno de España manifiesta su voluntad decidida de avanzar con los que quieran avanzar y hasta donde se quiera avanzar.

Para ello, España aporta un cierto saber de nación vieja y un entusiasmo de pueblo joven, con la convicción de que un futuro de unidad es el único futuro posible para Europa. El ideal de la construcción europea es hoy más valido que nunca, porque nos lo imponen las exigencias del presente, pero aún más nos lo imponen las del mañana.

No podemos olvidar que trabajamos para mejorar ese presente, pero también, y, sobre todo, para transmitir a las nuevas generaciones un legado de paz, de justicia y de progreso.

Este acto es un acto de afirmación europea. Que lo sea también de esperanza en una Europa más justa, más solidaria y más unida, a cuya construcción todos estamos convocados.

España aportará su esfuerzo en la construcción de ese ideal de libertad, de paz y de justicia, y afirmo aquí, solemnemente, que nadie, mediante la coacción o la violencia podrá torcer nuestro propósito de cooperar en esa construcción de Europa.

Felipe González Márquez
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